La historia comenzó como un simple juego para matar el soporífero agosto durante los descansos matinales de las empresas del barrio parisino de Montreuil. Usando los célebres post-it como si fueran
píxeles de videoconsola, los ejecutivos de muchas oficinas dedicadas a las nuevas tecnologías comenzaron a diseñar figuras de colores y a representarlas en los ventanales de sus acristalados edificios. Un modo simpatico para pasar el tiempo.
Pero los de la oficina de enfrente, al verlo, decidieron competir con los pioneros en creatividad y tamaño y poco a poco la distracción veraniega se transformó en pique. Este juego doméstico avanzó un escalon y
llegó a la zona empresarial de la Defense, plagada de rascacielos, para después saltar a otras ciudades como Lille o Lyon. (...)
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